miércoles, 28 de enero de 2015

Así se forman los pilotos 'pata negra' del Ejército del Aire

Dos aviones F5 volando en formación


Muy pocos miembros del Ejército del Aire reciben este calificativo. Los escudos de sus escuadrones tienen unas garras de águila, negras, sobre fondo amarillo y rojo, respectivamente. Son los pilotos que, tras su adiestramiento en el Ala 23, la Escuela de Caza y Ataque, ubicada en Talavera la Real (Badajoz), pilotarán los Eurofighter y los F-18, las columnas de la fuerza aérea de España.

Un largo y exigente proceso

Cada año, en las primeras semanas de julio hay nuevos tenientes que van destinados a las alas de caza, tras un proceso largo y exigente que empezó cinco años atrás, en la Academia General del Aire (AGA), ubicada en San Javier (Murcia) tras obtener por oposición una de las plazas convocadas para futuros oficiales.

En los dos primeros cursos los alumnos tuvieron que superar las más diversas asignaturas académicas y militares, y además de tiro, supervivencia, pruebas físicas y reconocimientos médicos, entre otras.
El tercer curso, ya como alféreces alumnos, incluía volar la avioneta Tamiz. Algunos no superaron este primer curso de vuelo y perdieron la posibilidad de ser pilotos. Por ello, cada vez que a un alumno se le autorizaba a volar solo –hito muy importante- , recibía de sus compañeros el tradicional, atronador y divertido homenaje en el comedor de alumnos, además del rapado de la ‘T’ en la nuca.



En cuarto curso, además de sus asignaturas, pilotaron el reactor C-101, el mismo de la Patrulla Águila. Bastantes instructores son los mismos pilotos de la patrulla acrobática que simultanean sus propios entrenamientos y la formación de los alféreces alumnos; así, la transferencia de experiencias es muy importante e inmediata.
El aprendizaje del C-101 incluye horas de simulador para aprender el vuelo instrumental y, lo más importante, a resolver las emergencias más complicadas. También a lo largo de este curso se puede dar a un alférez alumno la baja como piloto si no logra el adiestramiento en el número de clases prescrito.

 
Al final de curso, y según las calificaciones académicas, de vuelo y conceptuales, se asignaron las especialidades que se desarrollarían en el quinto y último curso. De aquella cincuentena que ingresaron en la AGA cuatro años atrás, sólo unos 15 alumnos –la cifra puede variar cada año- pasaron a caza y ataque; el resto fueron a transporte o a helicópteros.

Para desarrollar el quinto curso, los futuros pilotos de caza y ataque pasaron al Ala 23, ubicada en Talavera la Real (Badajoz).

La centrífuga y la visión negra

Pero antes de comenzar la formación específica en el Ala 23, los alféreces alumnos tuvieron que, como todos los aspirantes a pilotos de caza de la OTAN, enfrentarse a otro filtro, la ‘centrífuga humana’.

En ella, el piloto se sienta en una cabina situada en el extremo de un brazo que gira acelerando hasta extremos casi insoportables para el cuerpo humano –se alcanzan 8 G-. El piloto ha de superar diversos ejercicios realizando técnicas respiratorias especiales que, junto con el traje anti-G, evitan la ‘visión negra’ que aparece por el desplazamiento del torrente sanguíneo hacia los pies, privando de riego al cerebro y pudiendo producir el desmayo que, en un vuelo real, provocaría un accidente.

¿Qué aparatos vuelan?

F5


El Ala 23 tiene en dotación los F-5, un interesante aparato, pequeño, birreactor, muy ágil y potente, diseñado según el principio de la ‘regla del área’ para mejorar las características de vuelo. Han sido remodelados recientemente tan a fondo que están a la altura de los equivalentes T-38 norteamericanos. Usa posicionamiento GPS-inercial y representación de rutas en pantallas digitales multifunción, el HUD tiene simbología estándar aire-aire y aire-suelo, radar virtual y lanzamiento simulado y real de bombas, así como un ‘scoring’ que dirá la precisión en el lanzamiento de bombas, entre otros sistemas. 

Además, al ser un aparato de entrenamiento derivado de un caza, hace que el piloto se acostumbre a tomar las decisiones correctas en un muy corto espacio de tiempo pues todo en el vuelo, dentro y fuera de la cabina, sucede a una endiablada velocidad.

El día a día en el Ala 23


La actividad prioritaria es el vuelo en el F-5 de sus alféreces alumnos de 5º curso y a su alrededor gravita toda la actividad de la base, que cuenta con unos 700 miembros.

Los pilotos alumnos desarrollan ejercicios, siempre con grados de dificultad crecientes, en acrobacias, formaciones, navegación instrumental, combate aéreo, ataque a tierra y vuelo nocturno. Un ejercicio de menos de una hora de vuelo puede exigir a cada alférez alumno una o dos horas de preparación si es para un ‘combate’ aire-aire y entre 6 y 8 si es para un ataque a tierra, pues nada ha de dejarse al azar; las misiones han de cumplirse con absoluta exactitud, bien ‘derribando’ al otro –que puede ser desde otro F-5 hasta un Eurofighter, en combate 1 contra 1 ó 2 contra 1-, bien ‘dando’ en los blancos terrestres con apenas segundos de diferencia del instante planificado.

Tras la preparación, y justo antes del vuelo, se lleva a cabo el ‘briefing’, la reunión en la que los pilotos alumnos exponen a los demás participantes en el ejercicio y los respectivos instructores –que, normalmente son capitanes, y vuelan en las cabinas traseras- lo que van a realizar, sobre todo, las medidas de seguridad, aspecto siempre prioritario. Tras el vuelo se reúnen de nuevo para analizarlo minuciosamente, en ocasiones durante varias horas, para afianzar lo bien hecho y concretar en qué mejorar.

Para ello, además de la imprescindible ayuda del instructor, el avión graba en vídeo el HUD –el visor transparente que ofrece al piloto los datos instantáneos relativos al vuelo- y las comunicaciones; también graba las posiciones y las velocidades. Estas grabaciones pueden combinarse con las de los otros aviones participantes en el mismo ejercicio para obtener mayores enseñanzas.

Lo que se siente ahí arriba

Sólo el hecho de pilotar un caza es una tarea mucho más complicada de lo que comúnmente se cree; la mente ha de estar completamente concentrada en el manejo del aparato –un caza es inestable porque vuela a gran velocidad y no tiene capacidad de planeo-, a la vez que, paradójicamente, ha de estar completamente dedicado al ejercicio.

Por ello queda poca atención para lo que no sea el ejercicio. Aún así, volar bajo un cielo azul purísimo por encima de las nubes, o dentro de ellas, o de noche en formación, o pegado al suelo a más de 800 km/h, son vivencias muy singulares que sólo siendo un piloto de caza pueden experimentarse.

El futuro inmediato

Tras superar la formación inicial del piloto de caza y el regreso a la AGA, con sus últimas actividades académicas allí, se han cumplido los cinco años de formación, se alcanza el empleo de teniente quedando integrado en la escala de oficiales y siendo destinado a una de las alas de caza, entre las que, significativamente, no consta la número 13.

Los lemas de las unidades revelan el espíritu que anima a sus pilotos: “Vista, suerte y al toro” (lema de Joaquín García Morato, el as de la aviación española), “No le busques tres pies…”, “Quien ose, paga”, “Cara a cara”, “Ay, si voy, con lo que te doy” y así otros, presiden el constante proceso de mejora del adiestramiento en los más modernos aparatos de caza para dar cobertura a los cielos de España y ser capaces de participar de modo inmediato en las misiones que el gobierno les encomiende, como la reciente en los cielos de los países bálticos.

Antonio Manzano
http://www.onemagazine.es 

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