viernes, 1 de julio de 2011

Matando moscas a cañonazos

Alicia Contreras
Analista de Defensa

Abril 2011: Una patrulla del Ejército de los Estados Unidos, artilleros reconvertidos en infantes, sufre una emboscada talibán. Uno de sus MRAP(1) ha sido inutilizado –no destruido– por un IED(2) adosado a un bidón de gasolina, que ha incendiado el vehículo causando quemaduras a sus ocupantes. El resto hace fuego desde sus vehículos, anclados al camino debido a su falta de capacidad todo terreno. Se defienden con sus Browning de 12,70 mm. y solicitan apoyo aéreo. En unos minutos aparece sobre ellos un bombardero B-1 “Lancer”, que no consigue arrojar sus bombas, incapaz de localizar a la media docena de talibanes armados con viejos fusiles AK, escondidos con sus motos en un pliegue del terreno.

Este episodio, frecuente en Afganistán, pone de manifiesto como han cambiado los escenarios de conflicto en las últimas tres décadas. El Rockwell B-1 fue desarrollado bien avanzada la década de los 70, coincidiendo con la entrega de los primeros números de FDS. Diseñado como bombardero estratégico complementario del B-52, realiza ahora funciones de apoyo aéreo a fuerzas terrestres en contacto. Por otra parte, soldados de unidades acorazadas y de artillería, dejan en sus bases su material y se readiestran en los procedimientos de combate de la Infantería ligera que exige la guerra Contra Insurgencia (COIN), que domina los escenarios actuales de conflicto.
Son escenarios muy lejanos de la Guerra Fría, con una Unión Soviética que acumulaba un arsenal de más de 40.000 carros de combate, 30.000 piezas de artillería servidas por 4.000.000 de soldados. No existían debates presupuestarios. La amenaza era tan real que los gastos de defensa estaban legitimados y la industria de defensa era capaz de responder a los retos planteados al otro lado del Telón con rapidez. La OTAN, a su vez, desarrolló una excelente estructura de fuerzas y un sólido cuerpo doctrinal y de mando y control. Todo ello explica, hoy, las inercias que dificultan la readaptación de estructuras y materiales a los nuevos escenarios.
Intentar predecir cómo serán los conflictos del futuro y qué materiales y procedimientos los más adecuados para hacerles frente ha sido objetivo permanente de los ejércitos. Sin embargo, son escasas las ocasiones en que estos esfuerzos intelectuales se han materializado en realidades. Fuerzas Armadas e industria de defensa se han limitado a incorporar las últimas novedades tecnológicas a los materiales que la II Guerra Mundial consolidó en los escenarios de batalla. Es una inercia industrial difícil de corregir y que nos conduce a fenómenos como el F-22 Raptor norteamericano, cuyos costes limitan a unas pocas naciones su potencial adquisición y en un muy reducido número de unidades. Este fenómeno es perfectamente extrapolable a otros sistemas de armas aéreos, terrestres o maritimos.

Cambio de orientación
Sin embargo, la realidad de los escenarios se mueve en otra dirección. La Guerra del Golfo de 1991 lanzó un mensaje muy claro al mundo. En un conflicto convencional, la superioridad de los ejércitos occidentales heredados de la Guerra Fría, encabezados por Estados Unidos como primera potencia, reduce a la inoperancia a fuerzas armadas convencionales de potencias regionales. Irak era el cuarto ejército del mundo. La nueva amenaza militar se ha reconvertido y ya no son los carros T-72 o los submarinos Typhon soviéticos; ni siquiera es una amenaza militar en el sentido pleno de la palabra. El sistema de planeamiento de fuerzas tradicional basado en comparar el potencial enemigo y propio -los antaño populares balances militares- ha dejado de ser ùtil.

¿Cómo es posible que en los años noventa se tuviera una idea bastante clara de un escenario donde proliferarían un sinfín de riesgos y amenazas de índole diversa en sustitución del enemigo soviético y, sin embargo, seguimos anclados, en buena parte, a los medios de guerra convencionales? Aviones de interdicción, portaaviones, submarinos nucleares o artillería pesada y antiaérea son ineficaces para enfrentarse a enemigos asimétricos y, no obstante, consumen la parte del león de los presupuestos militares, no sólo para su desarrollo y fabricación, sino que su mantenimiento se está convirtiendo en un pesado lastre, especialmente en el caso de países medios como España. Sirva de ejemplo que, una vez entren en servicio los nuevos helicópteros Tigre y NH90, consumirán la mayor parte de los créditos de mantenimiento de todo el Ejército de Tierra.
A ello no es ajeno el hecho paradójico de que se mantienen operaciones en el exterior, algunas de ellas muy demandantes, con presupuestos de tiempo de paz reducidos drásticamente por la actual crisis. Por todo ello es necesario adaptar ya nuestros ejércitos a la realidad de los escenarios en los que actúan. No es comprensible, en el caso español, que todas las unidades que se han desplegando en el exterior desde hace dos décadas lo hayan hecho con vehículos de la familia BMR y, sin embargo, las estructuras orgánicas y los programas de adquisición de armamento hacen caso omiso de esta realidad operacional. De esta forma, ni se dispone de los medios adecuados en cantidad y calidad suficiente, ni las unidades se adiestran de la forma en que van a combatir, por carecer de ellos.
Inercia doctrinal e industrial
La inercia doctrinal, industrial y presupuestaria nos conduce a la dramática situación del programa de sustitución del BMR –tan necesario en los actuales escenarios donde combate nuestro Ejército–, en el que, a pesar de ser una prioridad absoluta, en palabras del JEME (Jefe del Estado Mayor del Ejército), no se adquirirá hasta que las disponibilidades presupuestarias lo permitan(3). Escaso presupuesto que se consume en la adquisición y mantenimiento de sistemas de armas que jamás saldrán de España, entre otras razones, por incapacidad de sostenimiento logístico.
Gran parte del gasto actual se orienta a un armamento que no es necesario para ganar las guerras de hoy –ya sean piratas en el Índico o talibanes en Afganistán– y, probablemente, serán el instrumento equivocado para librar las futuras, si atendemos a las enseñanzas de la historia. Es tiempo de que el desarrollo tecnológico aplicado a la defensa se oriente a conseguir prestaciones razonables con un coste sostenible, renunciando a los sistemas de armas capaces de las mejores prestaciones posibles. Es tiempo que unos presupuestos escasos se orienten a los medios realmente necesarios, adaptando orgánicas e inmovilizando –con los debidos procedimientos de hibernación– aquellos medios de dudosa empleabilidad y cuyos costes de mantenimiento consumen los presupuestos y, lo que es más grave, impiden la dotación y preparación de las unidades para las misiones reales que han de desempeñar.
Se trata de decisiones complejas y difíciles, como son todas en el ámbito de la defensa y la seguridad nacional. Pero cuando la terca realidad nos arroja la cifra de más de 400 muertos de la OTAN en 2009 debido a bombas de manufactura casera (IED), piratas que siguen actuando pese a la presencia de complejísimas plataformas navales que no utilizan ni el 80 por ciento de sus capacidades, o aviones de millones de dólares con dificultades para eliminar hombres armados con fusiles Kalashnikov sobre motos de 200 dólares, es que hay algo que no se está haciendo bien: la adaptación al cambio en estas tres últimas décadas.

Fuente :http://defensa.com/

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