domingo, 11 de diciembre de 2011

En busca del soldado invencible

 
La invencibilidad del soldado ha sido uno de las fantasías bélicas más constantes de todos los tiempos, un soldado invulnerable que venza y nunca deje de combatir.
Hay quienes piensan que la guerra es una condición casi natural del género humano, imposible de extirpar de nuestro atávico comportamiento en colectividad. Esto, en combinación con otros factores culturales y económicos, ha hecho de la industria bélica no solo una de las más rentables en casi cualquier época, sino también una especie de ubicuo laboratorio en el que se experimenta, paradójicamente, menos con el fin de terminar de una vez por todas con la guerra que de continuarla perpetuamente: vencer, sí, pero nunca dejar de combatir.

Quizá por esto uno de los sueños más largamente acariciados en la historia de la guerra ha sido el soldado invencible, el soldado ante el cual todo enemigo vacilaría porque todo enemigo se sabría derrotado. De Aquiles al Capitán América, la ambicionada invulnerabilidad ha suscitado las más diversas invenciones e investigaciones en campos tan diversos como la mecánica, la medicina, la física o, más recientemente, la neurociencia.

De acuerdo con Michael Hanlon, actual editor de la sección de ciencia en The Daily Mail, el Pentágono destina aproximadamente 400 millones de dólares anuales en “mejorar” al soldado humano y no solo por medio de técnicas que podríamos considerar habituales —por ejemplo, modernizando el armamento o con nuevos e impresionantes equipos que adopten las tecnologías más avanzadas— sino también, en los últimos años, intentando entender cómo funciona el cerebro del soldado, qué son, desde el punto de vista neurocientífico, el dolor, el terror, la fatiga. Comprender todo esto para idear también la manera de reducirlo o evitarlo completamente.
Y es que es un tanto peculiar (por decir lo menos) que el último ámbito en el que quizá se implementen los adelantos de la robótica sea en la guerra. Quizá, en el futuro, habrá robots humanoides que asistan en las tareas domésticas, que cumplan trabajos sencillos, que manejen el automóvil en el trayecto diario que va de la casa a la oficina, y aun así serán seres humanos quienes se maten unos a otros en el campo de batalla.

De ahí el interés de las altas autoridades militares estadounidenses por trazar un mapa fidedigno de las emociones, los pensamientos, las pesadillas que asaltan al soldado mientras se encuentra en el frente. Saber, por ejemplo, cómo entrenar soldados menos propensos al sueño y la fatiga, siempre alertas y lúcidos para operar las precisas y complejas armas que se fabrican hoy en día.
Sin embargo, mientras la neurociencia no esté lo suficientemente perfeccionada como para proporcionar estas respuestas, una de las pocas alternativas al alcance para conseguir un sucedáneo del soldado invencible está en las drogas. Las drogas que, casi también desde siempre, han significado una diferencia —a veces decisiva— entre la superioridad o la inferioridad de un ejército.
Dos siglos atrás, los soldados prusianos utilizaron cocaína para mantenerse alertas y los guerreros incas usaron coca para estar alertas mucho antes de eso. Desde entonces, la nicotina, las anfetaminas, la cafeína y una nueva clase de estimulantes que incluyen la droga Modafinil se han utilizado, exitosamente, en vista de que ahora los soldados estadounidenses pueden actuar normalmente incluso después de 48 horas sin dormir. Ahora los químicos están tratando de modificar la estructura molecular de esta droga para que desactive el deseo de dormir incluso por más tiempo.

Por otro lado, otras circunstancias de salud mucho más severas como el desorden de estrés post-traumático —del que la medicina ha aprendido tanto gracias a la Segunda guerra mundial y la Guerra de Vietnam— se tratan ahora con una combinación de terapia psicológica y fuertes dosis de antidepresivos, aunque se han buscado también los medios para borrar de la memoria de los soldados recuerdos sumamente dolorosos que les impiden tanto volver a empuñar un arma como vivir el resto de sus días en relativa tranquilidad.
Sin embargo, todo esto pertenece en cierta forma al soldado presente, el que ya existe y combate, el que ahora mismo está embarcado en una empresa bélica de la que unos cuantos esperan sacar algún tipo de provechos. ¿Qué pasa entonces con el soldado del futuro? ¿Hay otras investigaciones no para mejorar, sino para crear una nueva versión totalmente distinta a la de generaciones anteriores?
Ese parece ser el cometido de los estudios que se realizan en torno a la estimulación magnética transcraneal (EMT), la cual, aunque no se conocen a fondo sus efectos en el cerebro humano, pudiera detonar capacidades inéditas de aprendizaje en una persona cualquiera.
Según Allan Snyder, director del Centro para la Mente de la Universidad de Australia, la EMT podría apagar los altos niveles del procesamiento mental que normalmente nublan nuestros pensamientos, dando lugar a formas más puras de razonamiento.

Y quizá, si esto deriva en algún tipo de dispositivo de aprendizaje instantáneo, este no sería muy distinto al que se propuso en Matrix, en donde los personajes aprendían artes marciales, a conducir un helicóptero o cualquier otro conocimiento con solo descargar la información de un disco en su mente.
Pero, como bien dice Michael Hanlon, “parece claro que si quieres crear un hombre sin escrúpulos, que sienta poco dolor y nada de miedo, tendrías una excelente máquina de guerra, pero quizá este sería uno de los ejemplos en que hay que tener cuidado en lo que se desea”. Y concluye:
Quítenles su humanidad a los soldados y ahí hay un peligro de que las batallas y las guerras que peleemos se vuelvan inhumanas también.

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