martes, 7 de julio de 2015

«La guerra se gana en África»

 rubén somonte

La amenaza islamista se extiende por el norte de África y afecta ya prácticamente a todos los países de la región

 
Joseph Pérez, hispanista francés de raíces ibéricas, solía responder a quienes en los años sesenta situaban la frontera de Europa en los Pirineos: «España no sólo es Europa, sino que es el único país de Europa que ha peleado durante ocho siglos por ganarse el derecho a serlo». Bien entrado el siglo XXI, cuando esa lucha en defensa de unos valores occidentales concierne ya al conjunto de la Unión 

Europea, oigo decir al general galo Francisco Soriano, jefe de las fuerzas francesas en Gabón: «Los españoles fueron los primeros que acudieron a respaldarnos en la República Centroafricana, en plena matanza, y lo hicieron con eficacia y coraje, especialmente en misiones de apoyo aéreo en zonas de peligro, donde actuaban los Seleka (guerrilla musulmana) con armamento pesado. Son excelentes pilotos, valientes y bien preparados». 

Soriano fue enviado a ese país devastado en diciembre de 2013, al mando de un contingente francés llamado a detener la masacre que se perpetraba allí. En la actualidad, la capital, Bangui, vive en una calma tensa vigilada por fuerzas de la ONU, a las que España aporta 22 militares bajo paraguas de la UE. 


 rubén somonte

Aterrizamos en un aeropuerto desolado que todavía alberga un campo de refugiados a pocos metros de la pista, donde descansan varios helicópteros de Naciones Unidas y uno militar, francés, provisto de ametralladoras pesadas. 

Me he colado en el avión de las fuerzas Armadas que traslada al jefe de Estado Mayor de la Defensa (Jemad), almirante Fernando García Sánchez, y a sus máximos colaboradores, entre ellos los almirantes Martínez Núñez (Digempol) y López Calderón, responsable de Operaciones, de visita a nuestras tropas.

«Exportando estabilidad»

Un viaje a través de la civilización en compañía de las personas que mejor conocen hoy día el alcance real de la amenaza yihadista y el modo más eficaz de conjurarla: reforzando la seguridad de esos países, condición previa indispensable para su desarrollo; ayudándoles a crear ejércitos nacionales sólidos y bien estructurados, que integren a las diferentes etnias, y dándoles esperanza, el bien más preciado de cuantos les faltan. En palabras del Jemad, «exportando estabilidad». Un camino lento y necesitado de inversión, pero el único viable, en opinión de los expertos.

Tras los saludos de rigor, recorremos el kilómetro que nos separa de la base en un convoy protegido por vehículos Lince fuertemente armados. Hace unas horas hemos hecho escala en Yamena, capital del Chad, donde el 15 de junio se produjo un atentado islamista con treinta víctimas mortales del que la prensa occidental ni siquiera informó. 

Lo mismo ocurrió una semana después con dos mujeres suicidas en Nigeria. Los muertos de esta parte del mundo parecen tener otro valor a nuestros ojos, aunque su sangre sea idéntica.

Caldo de cultivo del EI

Pero, por más que los ignoremos, esos muertos, ese miedo, esa ira y esa desesperación nacida de la pobreza extrema, unida al caos de los estados fallidos, son el caldo de cultivo idóneo para ese monstruo de cabezas múltiples al que llamamos Daesh, ISIS o Estado Islámico, que atenta en París o Madrid y asesina turistas en Egipto y Túnez. 

Aquí es donde la bestia anida y recluta a sus huestes, confundiéndose con las redes de tráficos ilegales que mueven 3.800 millones de dólares anuales de norte a sur (armas y petróleo) y de sur a norte (seres humanos y tabaco).
En Bangui, me cuenta un suboficial valenciano, una granada de mano se compra por dos euros. El Daesh devuelve a los jóvenes el orgullo de pertenecer a una organización poderosa y les brinda un cauce perfecto para aliviar su frustración.
 
También inspira terror por la brutalidad de sus métodos, difundidos a través de las 46.000 páginas web que controla y emplea en la coordinación de atentados como los del pasado viernes 26 de junio. De ahí que el reto de la misión europea sea entrenar a las fuerzas armadas locales para que se enfrenten sin temor a esos yihadistas, en la certeza de que les pueden vencer.
 
Este empeño se consigue solo parcialmente, a decir de los militares españoles y franceses que trabajan codo con codo. «Aquí en Bangui -me relata el coronel Stéphane- la destrucción fue total. Sobre el papel ahora hay un ejército, pero en la realidad no saben ni con cuántos efectivos cuentan». Viendo el escenario dantesco de esta ciudad devastada, comparto su escepticismo. 

Por eso valoro más la profesionalidad con la que nuestros militares llevan a cabo su misión, alojándose durante seis meses en contenedores de ocho metros cuadrados en los que lo único abundante son las banderas de España. Nadie se queja. Antes al contrario, se muestran orgullosos de contar a esta periodista en qué consiste su labor de formación de cuadros locales y protección de los instructores.

Es Francia la que soporta el peso de la presencia europea en esta parte de África y, a pesar de la colaboración española, sus soldados se sienten desamparados en la lucha contra el terror. «No podemos seguir asegurando prácticamente en solitario la defensa de Europa con apenas 3.500 efectivos para toda la franja del Sahel -me confiesa un oficial-. Hacen falta tropas occidentales, no basta con las locales para enfrentarse al Daesh ni bastará durante mucho tiempo. La guerra ha empezado y se gana aquí. Sólo se necesita voluntad política».

El alto mando español coincide en parte. A corto plazo, es indispensable un despliegue capaz de derrotar a las fuerzas yihadistas y destruir sus bases, para lo cual se necesitan militares occidentales y en especial fuerza de acción rápida. La experiencia de Iraq y Afganistán demuestra, no obstante, que a la larga la única solución son los gobiernos estables y los ejércitos sólidos.

España contribuye de manera determinante al esfuerzo francés desde las bases de Bangui, Libreville y Dakar, que visitamos. En estas dos últimas, al mando de los tenientes coroneles Agustín Álvarez Hernández y Juan José Terrados Valderas, sendos aviones Casa 295 y Hércules aseguran el transporte de tropas y material hacia los puestos avanzados desde los cuales los soldados galos tratan de cortar las vías de abastecimiento de los grupos yihadistas que operan en el Sahel. 

Lo hacen en condiciones muy duras por la peligrosidad de la zona, las pésimas condiciones de las pistas que se ven obligados a utilizar y lo riguroso del clima, pero con excelente motivación, preparación y medios, que se reflejan en los resultados: una operatividad del 96,5 por ciento.

Las familias de las tropas

El Jemad agradece a sus hombres y mujeres el trabajo que realizan, alaba el esfuerzo de sus familias que, como me dice un piloto, llevan la peor parte de esta lucha, y subraya que son los mejores embajadores de España. Le doy la razón.
En el vuelo de regreso pregunto si podemos ganar esta guerra en la que nos jugamos el futuro. El Jemad no vacila en la respuesta: «¡Ganamos seguro! Es solo cuestión de tiempo…». Martínez Núñez añade: «Si abandonamos África a su suerte, si no somos capaces de propiciar las condiciones necesarias para crear polos de desarrollo, se repetirá la caída del Imperio Romano y las invasiones bárbaras. Vendrán masivamente a Europa y tendremos el problema en casa».
 
Contemplo desde la ventanilla el desierto que se extiende a nuestros pies y recuerdo las palabras de un coronel francés, quejoso de la ceguera europea: «La guerra se ganará si salimos a ganarla; esto no ha hecho más que empezar».

isabel san sebastián
http://www.abc.es 

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