martes, 29 de octubre de 2013

Afganistán el día después

 



 
El pasado 7 de octubre, en el marco del progresivo repliegue español en Afganistán, la Unidad de Helicópteros del Ejército de Tierra (ASPUHEL) y el destacamento del Ejército del Aire de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (HELISAF) concluían su misión, tras más de ocho años y un encomiable balance. En el recuerdo están los cinco tripulantes de ASPUHEL y doce pasajeros de la Brigada de Infantería Ligera Aerotransportable que, el 16 de agosto de 2005, morían al estrellarse en las proximidades de Herat el helicóptero Cougar en que viajaban. 

En medio de los continuos recortes presupuestarios que en España han empujado a la protesta masiva a decenas de colectivos, desde médicos, a científicos, funcionarios y un largo etcétera, hay que quitarse el sombrero ante los miembros de las Fuerzas Armadas. Asumiendo que llevan la abnegación cosida en el uniforme, solo se espera de ellos el cumplimiento del trabajo sin una queja pública, ni un pero, se les recorte lo que se les recorte. Marchan donde se les dice, con lo que se les da, cumplen impecablemente su obligación y retornan cuando toca. Así de sencillo y así de poco común.

 
La misión de la HELISAF ha permitido evacuar a más de 1.000 personas, salvando con ello cientos de vidas, entre ellas las de muchos miembros de las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad afganos, además de personal civil. En la hora de la inevitable retirada, cabe preguntarse qué deparará el futuro a quienes se verán privados de esta labor y demás ayudas, en un país que está muy lejos aún de disponer de las estructuras y servicios más elementales.

España cuenta hoy con poco más de 300 efectivos en Afganistán. Según el ministro de Defensa, Pedro Morenés, el país se habría comprometido a permanecer a partir de 2015 en Herat al frente de la Base y del hospital militar Role-2. No obstante, y definiendo a Estados Unidos como el poder armonizador de la presencia de la ISAF, el titular de la cartera reconoce que la futura implicación de España está sujeta a los acuerdos que Washington alcance  con el Gobierno afgano.

Detrás de cada retirada, en el momento del punto y final de cada misión, y Libia es otro buen ejemplo, se oye insistentemente el argumento de la capacitación alcanzada por las autoridades locales para asumir  la autogestión sin ayuda externa, al menos en lo que a presencia física en el propio territorio de elementos foráneos se refiere, y la obligación de los gobiernos, instaurados con calzador en ocasiones, de tomar las riendas.

Son palabras que encierran muchas veces más una voluntad que la triste realidad. Se entró en Afganistán para combatir a un enemigo, el terrorismo yihadista, que hoy no tiene ni patria, ni fronteras, y sí decenas de brazos, siglas y filiales geográficamente dispersas, que dificultan enormemente su aniquilación, lo que obviamente ya no pasa por el clásico método de la invasión. La gran estrategia global para hacer frente a una amenaza que ha mudado de rostro y esquemas con los años sigue siendo una tarea pendiente para quienes, sin dudarlo, se embarcaron en la operación afgana.

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